Qué es la inflamación crónica y por qué no la notas
Cuando te cortas, la piel se pone roja, caliente y duele. Esa es la inflamación aguda, y es una buena noticia: el sistema inmunitario manda células al punto dañado, limpia lo que sobra y repara. Dura unos días y se apaga sola cuando el trabajo está hecho.
Existe otra inflamación que no se ve. Es un tono de fondo que se mantiene en el tiempo, con niveles de proteínas inflamatorias en sangre algo más altos de lo normal, y sin fiebre, sin dolor y sin herida que enseñar. En la literatura gerontológica se llama inflammageing, la inflamación de bajo grado asociada a la edad. La revisión de Ferrucci y Fabbri, una de las más citadas sobre el asunto, la describe así: la mayoría de las personas mayores desarrolla ese estado, con marcadores elevados en sangre, y eso acompaña a más fragilidad, peor función física y más riesgo de muerte prematura1.
Conviene separar lo que está probado de lo que se repite. En esa revisión, la relación con la enfermedad cardiovascular es la que tiene mejor respaldo, hasta el punto de que los autores la califican de causal a partir de los ensayos clínicos. Para otros desenlaces, los mismos autores escriben que sigue siendo controvertido si modular la inflamación cambia el curso clínico. Traducido: tener los marcadores altos no es un diagnóstico, y bajarlos no equivale automáticamente a ganar años. Quien te venda lo segundo está prometiendo más de lo que la ciencia ha firmado.
Lo que sí está bien descrito es de dónde salen las señales. Esa revisión enumera los mecanismos probables: la grasa abdominal, una barrera intestinal más permeable, cambios en la composición de la microbiota, células envejecidas que siguen emitiendo mensajes, estrés oxidativo y desregulación de las propias células inmunitarias. Al menos tres de esos mecanismos dependen, en parte, de lo que comes y de cómo lo digieres: la grasa abdominal, la permeabilidad del intestino y la microbiota. Por ahí entra la dieta, y por ahí sigue este artículo.
Cómo se mide y qué no te dice un número
En una analítica te vas a cruzar con dos nombres y un apellido. La proteína C reactiva, la PCR, es la que más se usa: la fabrica el hígado cuando recibe el aviso de que hay inflamación, y su versión de alta sensibilidad permite leer valores bajos, que es justo lo que interesa en este contexto. Detrás está la interleucina 6, la IL-6, una de las señales que avisan al hígado, y con ella otras citocinas del mismo circuito. Las citocinas son los mensajeros y la PCR es la respuesta del hígado a esos mensajes: el cuerpo las fabrica para coordinar la reacción y vuelven a bajar cuando el estímulo desaparece.
Ese circuito explica por qué la dieta puede moverlos. No hay una comida que baje la PCR, y quien te la venda en un bote suele estar vendiendo un producto. Lo que hay son patrones de alimentación que, medidos en personas, se acompañan de niveles más bajos de esas proteínas, y una parte del efecto pasa por el intestino y por el tejido graso, que también fabrica señales inflamatorias.
El artículo no te va a dar un punto de corte, y no es un olvido. Las franjas de referencia las fija cada laboratorio y las interpreta tu médico junto al resto del cuadro: la PCR sube con una infección, con una herida o después de un esfuerzo físico intenso, y vuelve a bajar cuando el proceso se resuelve, así que un valor suelto no clasifica a nadie. Si tienes una cifra delante, lo útil es la tendencia a lo largo de meses, no el número de un martes. Este artículo no va de medirte; va de lo que puedes cambiar en el plato para que esa tendencia se mueva.
El patrón mediterráneo: la dieta con más evidencia detrás
Cuando se busca qué alimentación modula la inflamación, casi nadie encuentra un alimento ganador. Lo que aparece una y otra vez es un patrón completo. La revisión de Casas, Sacanella y Estruch, del Hospital Clínic de Barcelona, lo plantea en los dos sentidos: los patrones ricos en almidones refinados, azúcar y grasas saturadas y trans, pobres en fibra y en antioxidantes de frutas, verduras y cereales integrales y bajos en omega-3 pueden activar la inmunidad innata, probablemente por un exceso de citocinas proinflamatorias y una producción menor de las antiinflamatorias.
Del otro lado está el patrón mediterráneo tal y como lo describen: aceite de oliva abundante, mucha verdura, fruta, legumbre, cereal, frutos secos y semillas, pescado y marisco con frecuencia moderada, yogur, queso, aves y huevos también con moderación, vino con las comidas y con moderación, y poca carne roja, poca carne procesada y pocos dulces. La conclusión de la revisión es que adoptar ese patrón puede contrarrestar el efecto de varios marcadores inflamatorios y reducir la secreción de biomarcadores circulantes y celulares2.
Hay que leerlo con la cautela que pide el diseño. Es una revisión, buena parte de lo que resume es observacional y sus propios autores escriben «puede», no «demuestra». La consecuencia práctica es la que importa: no se trata de añadir aceite de oliva a un plato que sigue siendo de bollería y embutido, sino de cambiar el conjunto. El patrón funciona como un todo, y eso es también lo que lo hace imposible de resumir en una cápsula.
Tabla: qué grupos de alimentos suben y bajan el tono
Esta es la traducción a la compra de todo lo anterior. La tercera columna recoge la relación que se ha descrito en los estudios citados, con fuerzas muy distintas: en unas filas hay una medición concreta y en otras, solo la pertenencia al patrón que se ha estudiado.
| Grupo | Qué aporta | Qué relación tiene con los marcadores |
|---|---|---|
| Verdura y fruta | Fibra, polifenoles, potasio, agua | Base del patrón que se acompaña de menos marcadores inflamatorios |
| Legumbres y cereales integrales | Fibra fermentable, proteína vegetal, magnesio | La fibra alimenta a la microbiota y su fermentación en el intestino se asocia a menos inflamación |
| Pescado azul: sardina, caballa, salmón | Omega-3 de cadena larga, proteína completa | Forma parte del patrón que muestra menos marcadores |
| Aceite de oliva virgen | Grasa monoinsaturada, polifenoles | Es la grasa principal del patrón estudiado |
| Frutos secos y pipas de calabaza | Grasa insaturada, fibra, magnesio | Consumo moderado dentro del mismo patrón |
| Fermentados: yogur, kéfir, chucrut | Microorganismos vivos, proteína, calcio | En un ensayo de 17 semanas subió la diversidad y bajaron varias proteínas inflamatorias, como análisis secundario |
| Ultraprocesados, refrescos incluidos | Poca fibra, azúcar añadido, almidones refinados | En adultos, 11 de 17 análisis con PCR más alta |
Fibra y fermentados: el intestino como mando a distancia
Dos de los mecanismos que enumera Ferrucci pasan por el intestino: la permeabilidad de la barrera y la composición de la microbiota. La idea cabe en una frase: lo que comes alimenta a tus bacterias, y lo que hacen tus bacterias cambia el tono inmunitario del resto del cuerpo. El detalle de quién vive ahí y de qué come está en microbiota: qué es y cómo se alimenta.
El ensayo que mejor separa las dos vías es el de Wastyk y colaboradores, publicado en Cell en 20213. Repartieron al azar a adultos sanos en dos dietas de 17 semanas, una rica en fibra vegetal y otra rica en fermentados, con 18 personas por grupo y sin un tercer grupo que no cambiara nada. El desenlace principal, una puntuación de respuesta de citocinas, no cambió en ninguno de los dos brazos. Lo que sí se movió, y son análisis secundarios, fue otra cosa: en el brazo de la fibra aumentaron las enzimas microbianas que degradan los hidratos de la fibra sin que la diversidad se moviera, y en el de los fermentados la diversidad subió de forma sostenida y bajaron varias proteínas inflamatorias.
Leído con rigor, el estudio dice menos de lo que suele contarse. Es pequeño, 36 personas sanas, sin ciego y sin grupo de control, y la bajada de marcadores es un análisis secundario, así que no permite afirmar que los fermentados reduzcan la inflamación de nadie. Aun así es un ensayo aleatorizado hecho en personas, que en este terreno escasea. Varios de sus autores declaran ser fundadores o accionistas de empresas de biotecnología del sector. El mensaje tampoco es sustituir la fibra por fermentados, porque cada brazo movió cosas distintas: la fibra cambió lo que hacen las bacterias, los fermentados cambiaron cuántas hay.
En la práctica se traduce en dos gestos que caben en el mismo día. El primero es subir la fibra de verdad, con verdura, legumbre, fruta entera y cereales integrales, y el detalle de cómo hacerlo sin hincharte está en fibra e inulina: los dos motores de tu digestión. El segundo es meter un fermentado diario: un yogur natural, un vaso de kéfir, una cucharada de chucrut. Cuáles llegan vivos al intestino, qué aporta cada uno y cómo empezar sin pasarte está contado con detalle en alimentos fermentados: qué aportan de verdad.
Ultraprocesados: la asociación que más se repite
Si el patrón mediterráneo es el lado luminoso, el otro extremo tiene nombre. Una revisión de alcance publicada en Nutrients en 2025 reunió 24 estudios que cruzan el consumo de ultraprocesados con marcadores inflamatorios en sangre4. En adultos, 11 de los 17 análisis encontraron valores más altos de PCR cuanto mayor era el peso de los ultraprocesados en la dieta, 5 no encontraron asociación y 1 la encontró solo en mujeres. La IL-6 tendía a ser más alta, el TNF-α, otra de las citocinas medidas, también en varios contextos, y la IL-1β no mostró asociación.
Qué significa exactamente una revisión de alcance: que ordena y describe lo que hay, sin calcular un efecto único. Casi todo lo recogido es observacional, así que la asociación es consistente y la causalidad no está demostrada. Lo que sí puede decirse es que la dirección coincide con lo que describía la revisión de Casas: almidones refinados, azúcar, poca fibra y grasas de mala calidad son el perfil típico del ultraprocesado y el perfil que se asocia a más inflamación.
Para llevarlo a la compra hay que reconocerlos. La clasificación que usa esta investigación es la de Nova, que llama grupo 4 a los productos hechos con ingredientes que casi nunca aparecen en una cocina: aislados de proteína, almidones modificados, jarabes, colorantes, emulsionantes. Bollería envasada, aperitivos de bolsa, refrescos, embutidos, salsas industriales y muchos cereales de desayuno caen ahí. La pregunta útil no es si tomas alguno, sino qué proporción de tu semana ocupa. Si quieres criterios concretos para la compra, están en qué meter en la lonchera escolar sin ultraprocesados.
Grasa visceral, alcohol y descanso: lo que también cuenta
La grasa abdominal es el primero de los mecanismos que enumera Ferrucci. El tejido graso que rodea los órganos no es un depósito inerte: fabrica y libera señales inflamatorias, y esa es la razón por la que aparece en la lista y no un simple detalle estético. De ahí que el perímetro de la cintura tenga sentido como medida de seguimiento: distingue algo que el peso aislado no distingue, que es dónde está la grasa.
El alcohol merece una frase aparte, y conviene ser claro con lo que se sabe y lo que no. Aporta 7kcal por gramo y ningún nutriente que tu cuerpo necesite, y desplaza alimentos que sí aportan. Ninguna de las fuentes de este artículo mide su efecto sobre los marcadores inflamatorios, así que no lo cuentes como parte de la solución. El patrón mediterráneo que sí se ha estudiado incluye vino con las comidas y con moderación, y esa es la única concesión que hace la evidencia que tenemos aquí.
El descanso entra en la misma ecuación, aunque por una vía indirecta. Dormir mal cambia las señales del hambre y empuja a comer más y peor, y el mecanismo está en dormir poco engorda: la relación entre sueño y hambre; lo que comes después es lo que acaba hablando con la inflamación. El movimiento completa el cuadro porque es lo que sostiene el músculo que la edad se lleva, y de eso habla fuerza y longevidad.
Cómo empezar esta semana
No hace falta una analítica ni una aplicación para empezar. Cinco cambios, del más fácil al que más cuesta. Las frecuencias que siguen son una guía práctica de cocina y no un protocolo medido en un ensayo.
- Desayuno con fibra y fermentado: yogur natural o kéfir con fruta entera y avena. Toca las dos vías a la vez en la primera comida del día.
- Legumbre tres veces por semana, con verdura y aceite de oliva. Lentejas, garbanzos, alubias, en guiso o en ensalada.
- Pescado azul dos veces por semana: sardina, caballa, salmón o boquerón, fresco o en conserva.
- Aceite de oliva virgen como grasa principal de la cocina, en lugar de mantequilla o margarina.
- Ultraprocesados de acompañamiento y no de base. Empieza por las bebidas azucaradas y la bollería, que son las que más aportan y menos sacian.
Una advertencia sobre las prisas. Los marcadores no responden a una semana de buena conducta: los estudios que miden cambios de dieta y marcadores hablan de meses. Si decides mirarte la PCR de alta sensibilidad, hazlo con tu médico y repítela con el mismo método cuando él lo considere, porque comparar cifras de laboratorios distintos no cuenta ninguna historia.
Si quieres el marco general de este terreno, la entrada sobre dieta de la longevidad separa lo que se sostiene de lo que es marketing; esta se queda en el mecanismo concreto que puedes tocar con el tenedor.
Conclusión
La inflamación crónica de bajo grado no es una enfermedad que se cure con un alimento, y esa es la primera cosa honesta que se puede decir. Es un estado medible, con mecanismos conocidos, y la dieta influye en varios de ellos: la grasa abdominal, la barrera del intestino, la microbiota y el tipo de grasa que comes.
Lo que ha mostrado la investigación en personas es una forma de comer completa, no un ingrediente: más verdura, legumbre, cereal integral, frutos secos, aceite de oliva y pescado; menos almidones refinados, azúcar y ultraprocesados. Un ensayo pequeño añade una pista concreta y fácil de aplicar, el fermentado diario, y una revisión reciente señala a los ultraprocesados como el grupo con la asociación más repetida. Conviene recordar dónde termina todo esto: ninguna de esas asociaciones se puede trasladar a la etiqueta ni a la publicidad de un alimento, porque no existe una declaración de salud autorizada en la Unión Europea que prometa bajar la inflamación ni la PCR.
Nada de eso exige comprar nada raro ni medir cada comida. Exige cambiar el conjunto, sostenerlo unos meses y no confundir un marcador con un diagnóstico.
